Abril 2010
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Resulta agradable que el viaje tenga una arquitectura y que sea posible aportar a ella alguna piedra, aunque el viajero parezca menos alguien que construye paisajes -tarea del sedentario- que alguien que los desmonta y los deshace, como el barón von R. del que cuenta Hoffmann que viajaba por el mundo coleccionando panoramas y, cuando lo consideraba necesario para su placer o para crear un hermoso mirador, hacía talar árboles, desnudar ramas, aplanar las redondeces del terreno, abatir bosques enteros o demoler alquerías, si obstaculizaban una vista. Pero también la destrucción es una arquitectura, una deconstrucción que obedece a reglas y cálculos, un arte de descomponer y recomponer, o sea de crear otro orden: cuando una pared de hojarasca caía de repente, despejando la vista sobre las ruinas de un castillo lejano a la luz del crepúsculo, el barón von R. se detenía algunos minutos para contemplar el espectáculo que él mismo había escenificado y luego se iba apresuradamente, para no regresar nunca más.
Claudio Magris, El Danubio
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si amanece la arrogancia
de la fuerza y el valor,
niño débil y cobarde,
niño noche y deserción.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si relumbran los fusiles
de la blanca afirmación,
niño oscuro, niño inerme,
niño niebla y evasión.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si los médicos prescriben
la alegría y la salud,
niño triste, niño enfermo,
sin niñez ni juventud.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si en el quicio de la carne
la palabra se escindió,
niño niño, niño niña,
niño luna, niño sol.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si a la luz de la justicia
toda culpa se aclaró,
niño bueno, niño malo,
sembrador de confusión.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si la lógica decide
de la verdad y el error,
niño cierto, niño falso,
blanco de contradicción.
Nazca el niño negativo,
nadie, nunca, nada, no.
Si entre la carne y el verbo
imposible fue el amor,
niño nadie, niño nunca,
niño nada, niño no.
Rafael Sánchez Ferlosio